Al terminar la carrera de Derecho (y más tarde el Máster de Acceso a la Abogacía), el alumnado sueña con abrirse paso en el mejor de los despachos. La referencia idealizada es la de convertirse en ese joven brillante que asciende a socio en una big four, como si el camino estuviera escrito de antemano. Crecimos con series como Suits, y Harvey Specter se convertía en ese modelo a seguir. El éxito, nos decían (o nos hacían creer), se encontraba tras las puertas de cristal de un gran bufete.
Sin embargo, nadie nos habla de la posibilidad de emprender nuestro propio camino. Nadie nos cuenta que existe también la opción (igual de legítima, igual de valiosa) de ejercer por cuenta propia, de crear una estructura a medida, de buscar colaboraciones, construir una red, aprovechar la tecnología y explorar los medios digitales como herramientas para crecer.
A mí tampoco me lo contaron. Llegué a ello por casualidad (o quizás fue el destino…). Comencé mi andadura profesional sin plan predefinido, cuando el despacho en el que entré con la promesa de dedicarme al Derecho Penal no fue lo que esperaba: ni por la materia que se me encomendaba, ni por el trato que se daba a los clientes y a los asuntos. Tan solo pasaron unos días hasta que me senté con el director para comunicarle que aquel no era mi sitio: si algo tenía claro es que quería dedicarme al Derecho Penal y que no estaba dispuesta a hacerlo de cualquier manera. Ese no era el Derecho que yo, la joven y romántica abogada que sigo siendo, quería ejercer.
Aquella decisión, que entonces parecía un salto al vacío, marcó un punto de inflexión. Tuve la suerte (o, quizás, fue la consecuencia natural de apostar por un camino propio coherente con mis convicciones) de empezar a recibir de este despacho asuntos externalizados, con un porcentaje modesto pero un flujo constante. Por primera vez, pude organizarme como yo entendía que debía ejercerse esta profesión: dedicando a cada caso el tiempo, el estudio y el cariño que merece. A día de hoy, sigo convencida de que esa es la clave diferenciadora de una buena marca, y que solo es posible cuando una misma es su propia jefa.
Porque, en mi opinión, emprender es la forma de ejercer la verdadera abogacía: una que garantiza la independencia real, y con ella, el respeto a una profesión que exige técnica, sí, pero también mucha responsabilidad y humanidad.
Ahora que lo conozco, solo puedo compartirlo con ilusión y entusiasmo. Porque si bien no es un camino fácil, es, sin duda, uno de los más honestos, vocacionales y transformadores que puede emprenderse en esta profesión.
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Especializarte o desaparecer: la abogacía actual no es para generalistas
Una de las lecciones más claras que me ha dejado la experiencia es que la clave del éxito en el ejercicio autónomo está en especializarte. No como una moda, ni como un discurso vacío de marca, sino como una necesidad real. Nuestra profesión exige un estudio constante y riguroso. Cuando te enfrentas cada semana a un tipo distinto de asunto (de familia, penal, laboral, mercantil, administrativo…) no solo se multiplica el tiempo de preparación, sino que se diluye el enfoque técnico y se pierde la posibilidad de construir una propuesta sólida y eficaz.
La especialización, en cambio, te permite dedicar a cada asunto el tiempo y la atención que merece, porque cuando dominas el área, puedes profundizar más y mejor, ofrecer soluciones creativas, asumir con honestidad los límites del caso… y defender tus honorarios con seguridad.
Ahora bien, si aún no tienes claro en qué área enfocarte, la recomendación es esta: prueba, explora… pero busca cuanto antes tu lugar. Observa qué materias te mueven por dentro.
Somos muchos y hay muchos problemas jurídicos en la sociedad, y no se trata de competir, sino de diferenciarse, de encontrar qué negocio es el tuyo, qué servicio sabes que puedes ofrecer con calidad, con sentido, con profundidad… En un mundo saturado de ofertas jurídicas, ser especialista no es solo una ventaja, es casi una obligación.
Además, no olvides que la abogacía es un ejercicio de estudio constante. Son muchas las horas que vas a dedicar a preparar escritos, investigar jurisprudencia, revisar doctrina. Por eso es clave que te guste lo que haces, que lo elijas desde dentro. Hay quien disfruta del litigio, de esa mezcla de euforia y tensión que se vive en sala. Hay quien prefiere el acompañamiento cercano, la escucha, la mediación. Y hay quien se siente más cómodo entre textos legales y operaciones jurídicas complejas. Encuentra tu sitio. Busca tu nicho. Elige con la cabeza, sí… pero también con el corazón.
Colaborar para crecer: la importancia de una red sólida
Mencionábamos previamente que no se trata de competir, sino de diferenciarse. Pero también, y muy especialmente en el ejercicio autónomo, se trata de colaborar. La abogacía no es un oficio para solitarios, las colaboraciones con colegas son fundamentales: una red de apoyo, de colegas en los que confiar, con quienes compartir inquietudes, dudas y también casos.
En esta profesión nunca dejamos de aprender, el Derecho es una ciencia viva, y el estudio constante que exige se hace mucho más llevadero cuando tienes a quien acudir para contrastar una duda, compartir una reflexión o simplemente verbalizar una frustración. La soledad es, sin duda, uno de los “contras” del emprendimiento, pero tiene fácil solución: rodéate de profesionales a los que admires y acércate con humildad y ganas de aprender. Esta es una comunidad generosa y hay muchos compañeros dispuestos a tender la mano; desde este mismo momento puedes contar con la mía.
Una red profesional no es solo una cuestión técnica: también es estratégica y humana. Apóyate en colegas con más experiencia en tu especialidad que puedan orientarte al comenzar y, al mismo tiempo, establece vínculos con profesionales de otras ramas. En este sentido, no se trata de montar un negocio conjunto, sino de generar relaciones de confianza mutua para derivar asuntos y, sobre todo, para dar un buen servicio a quienes confían en ti, porque si haces bien tu trabajo y te especializas, es muy probable que empiecen a llegar a tu puerta clientes con problemas que no son de tu área. Vienen porque confían en ti, porque los has acompañado con honestidad, y esperan que también les orientes en lo que no controlas. En esos casos, confía tú también en tu red: deriva con responsabilidad y genera sinergias. Es una forma de cuidar a tu cliente, de mantenerlo cerca, y de reforzar tu marca desde la coherencia.
Además, aprovecha cada oportunidad para darte a conocer y ampliar tu círculo profesional más allá del gremio jurídico. En mi caso, colaborar con criminólogos, peritos forenses, profesionales de la psicología o del ámbito social ha sido esencial. Cada uno aporta una perspectiva que enriquece la defensa (o la acusación), y contar con su apoyo eleva la calidad del trabajo. Construir una red así lleva su tiempo, pero te aseguro que da sus frutos.
Epílogo: compromiso, marca y vocación
¡Ah! Y no olvides invertir tiempo en construir tu marca personal. Hoy en día no basta con ser buen jurista, hay que comunicarlo: crea una página web, mantén perfiles activos en redes sociales, acude a conferencias, escribe artículos jurídicos, participa en encuentros…
En realidad las claves del emprendimiento son infinitas, y aún quedan muchas por abordar (desde la gestión del día a día hasta la organización del despacho, pasando por la salud mental, la conciliación o la sostenibilidad económica…), pero eso, quizás, dé para una serie completa de artículos.
En estas líneas os acerco unas breves notas sobre mi experiencia: en mi caso, elegí la abogacía penal y me especialicé en violencia sexual y de género, delitos violentos y menores infractores. Considero que la clave de mi camino fue escoger una materia que me apasionaba y dedicarle tiempo, estudio, cariño e ilusión. Esa mezcla, tan sencilla de nombrar como difícil de sostener, es la que convierte una opción profesional en una vocación de vida.
Y no, no hay una opción mejor que otra: ni el ejercicio por cuenta propia es superior, ni lo es el ejercicio por cuenta ajena. Pero sí creo que este camino autónomo se acerca más a la idea de abogacía libre, pura y comprometida que yo siempre he buscado. Muchos compañeros y compañeras ven el emprendimiento como un destino reservado a quienes ya han recorrido un largo camino. No necesariamente es así. Somos muchos los que hemos iniciado esta aventura desde el principio y ahora no la cambiaríamos por nada del mundo.
Permítanme acabar con nuestro Código Deontológico, que en su artículo 2 señala:
“La independencia de quienes ejercen la Abogacía es una exigencia del Estado de Derecho y del efectivo derecho de defensa del justiciable y de la ciudadanía, por lo que constituye un derecho y un deber”.
A juicio de quien suscribe, esa independencia profesional, la que nos permite ejercer con libertad, rigor y humanidad, solo es posible cuando se asume como un compromiso propio.
Esto no pretende ser un dogma ni una verdad absoluta; tan solo es una invitación, un llamado a la abogacía joven, desde la humilde experiencia de una compañera, a pensar el emprendimiento como un proyecto viable, legítimo y necesario de explorar en nuestro presente y, por supuesto, futuro legal.
Abstract:
Cada vez más jóvenes abogados y abogadas consideran emprender como una opción dentro del ejercicio profesional. Este artículo, escrito desde la experiencia directa de una joven abogada penalista, invita a reflexionar sobre el valor de ejercer por cuenta propia y ofrece algunas claves para construir un proyecto jurídico sólido y sostenible: especialización, colaboración, construcción de una red profesional y marca personal.
Frente al modelo por cuenta ajena, se reivindica el emprendimiento jurídico como una vía profundamente comprometida con una abogacía libre, rigurosa y humana.
No hay un único camino correcto, pero sí muchos que merecen ser explorados. Y quizá, en alguno de ellos, se encuentre también la forma de ejercer el Derecho con verdadera independencia.