1. La decadencia de la artesanía jurídica y el espejismo de las instrucciones conversacionales.
Durante más de un siglo, la abogacía de los negocios ha operado bajo un sistema gremial y artesanal. El prestigio y la rentabilidad de las firmas descansaban sobre la acumulación intensiva de horas y horas de trabajo manual destinadas a cada expediente, desde la lectura lineal de cientos de contratos mercantiles hasta la redacción individualizada de cada cláusula a partir de un folio en blanco.
Este esquema productivo encontró su reflejo económico idóneo en el modelo de facturación por horas, donde la ineficiencia operativa quedaba enmascarada bajo el concepto de minuciosidad y exquisitez técnica[1].
Sin embargo, la práctica jurídica contemporánea muestra cada vez más síntomas indiscutibles de saturación frente a este esquema de negocio. Los clientes corporativos exigen una predicción de presupuestos cada vez más estricta, reducciones drásticas, a veces abusivas, en los tiempos de respuesta y esquemas de honorarios cerrados o vinculados al éxito efectivo de la operación. Al mismo tiempo, el volumen de información y la complejidad documental que rodean cualquier transacción societaria o litigio de envergadura han escalado hasta niveles inabarcables mediante métodos puramente manuales[2].
Frente a esta presión de mercado, la reacción inmediata del sector consistió en adoptar modelos de lenguaje generativo a través de interfaces conversacionales básicas. No obstante, confiar en que un abogado redacte instrucciones individuales e intuitivas en una ventana de chat abierta para resolver tareas complejas equivale a pretender industrializar una fábrica dotando a los artesanos de herramientas igualmente manuales, pero esta vez más veloces. De esta forma, el uso conversacional y aislado de estas herramientas nos presenta una naturaleza probabilística, pues en caso de que existan pequeños cambios en la formulación de una consulta, estos alteran las respuestas, la trazabilidad del análisis se diluye y el riesgo de generar inconsistencias o alucinaciones en el razonamiento resulta inaceptable para los estándares del ejercicio profesional[3].
El verdadero salto de escala no radica en cómo un usuario aislado interactúa con un modelo lingüístico, sino en cómo la organización parametriza, estructura y gobierna sus procesos internos a través del Legal Engineering.
2. De la intuición del letrado a la ingeniería de sistemas.
El ingeniero legal no es un programador informático ajeno al mundo jurídico ni un abogado con una gran curiosidad por la tecnología y los ordenadores. Se trata de un perfil técnico capaz de deconstruir el conocimiento tácito y sustantivo de los socios del despacho y codificarlo en arquitecturas algorítmicas reproducibles, auditables y deterministas[4].
Tuve ocasión de constatar este cambio de paradigma durante mi participación en el programa intensivo de innovación e inteligencia artificial de IE University y Banco Santander, una iniciativa multidisciplinar que reunió en Madrid a noventa jóvenes profesionales de trece países para abordar retos estratégicos de alta complejidad[5]. En aquel entorno práctico comprobamos que los principales cuellos de botella en la adopción de estas herramientas no derivan de las capacidades del modelo lingüístico, sino de la deficiente estructuración metodológica al definir los problemas y los flujos operativos. Llegamos a la conclusión de que si una organización intenta aplicar tecnología sobre procesos ambiguos, desestructurados o mal optimizados, el resultado inevitable es la dispersión y la falta de fiabilidad. En el sector legal ocurre exactamente lo mismo, pues no se trata de aprender a redactar mejores instrucciones aisladas, sino de rediseñar la arquitectura completa del trabajo jurídico.
La práctica jurídica corporativa exige veracidad y rigor probatorio constante. Una alucinación en la interpretación de una cláusula de cambio de control o una omisión en los límites cuantitativos de responsabilidad patrimonial puede alterar de forma total el equilibrio de una compraventa de empresas. Al completar la primera certificación de Legal Engineer en la academia de Harvey, pude confirmar cómo las plataformas de vanguardia en la abogacía de los negocios no fundamentan su eficacia únicamente en la potencia del modelo base, sino en la rigurosa capa de ingeniería jurídica que envuelve a la propia herramienta. Esta disciplina técnica conecta el análisis del modelo con las exigencias formales de nuestra profesión mediante una metodología precisa.
En primer lugar, se neutraliza el riesgo de alucinación mediante arquitecturas de recuperación contextual avanzada. La ingeniería legal acota de forma estricta el espacio de respuesta del modelo, obligándolo a consultar exclusivamente el corpus documental cerrado del expediente, ya sea en el data room o las actuaciones procesales[6]. A través de una división lógica del texto, el sistema preserva la interdependencia entre cláusulas sustantivas y definiciones contractuales sin desvirtuar su sentido original y concreto.
Por otro lado, se abandonan las respuestas en texto libre para imponer esquemas de extracción normalizados en formatos estructurados. En una revisión contractual, el flujo diseñado por el ingeniero legal no genera un resumen narrativo genérico, sino una matriz estandarizada donde cada contingencia se clasifica con variables fijas sobre su tipología, impacto patrimonial, plazos de preaviso y la transcripción literal del folio y párrafo de procedencia[7].
De esta manera, el razonamiento jurídico complejo se articula mediante la creación y configuración de una cadena de sub-agentes especializados, naciendo así una cadena donde un primer agente aísla los pactos fácticos, un segundo los valida frente a la normativa estrictamente aplicable y los criterios de negociación de la firma, y un tercero sintetiza y “empaqueta” los resultados en el informe definitivo de contingencias.
3. El nuevo modelo de despacho y el principio de la supervisión humana.
Lejos de perjudicar la viabilidad económica de las firmas o devaluar la labor técnica y profesional del letrado, la transición hacia procesos industrializados desbloquea ventajas estratégicas determinantes. Bajo estructuras de honorarios cerrados o acuerdos de cuota periódica, reducir el tiempo de ejecución de una auditoría contractual de sesenta horas a apenas tres no disminuye el valor entregado al cliente corporativo; al contrario, maximiza el margen operativo del despacho y permite absorber un volumen de trabajo infinitamente superior sin caer en un sobredimensionamiento de los costes de estructura[8].
La ingeniería legal mitiga de forma radical el riesgo derivado del agotamiento mental, garantizando que el estándar de excelencia del socio más experimentado se aplique con idéntico rigor sobre el primer contrato revisado y sobre el último del asunto. Paralelamente, este enfoque permite a las firmas estructurar y monetizar de manera efectiva su propio conocimiento acumulado. Décadas de precedentes, dictámenes y acuerdos transaccionales que habitualmente permanecen dispersos en servidores locales dejan de ser archivos estáticos para convertirse en una base de conocimiento dinámica al servicio de toda la organización[9].
Debemos remarcar que esta transformación y evolución del sector no persigue en ningún caso la sustitución del criterio del abogado. El diseño de cualquier sistema en el marco de la ingeniería legal debe crearse de manera irrenunciable sobre el principio del concepto de control humano en el circuito, la figura conocida como human-in-the-loop[10]. El propósito de un flujo parametrizado no es emitir un dictamen final desasistido, sino entregar al profesional la información crítica debidamente depurada, estructurada y referenciada con una precisión milimétrica. Al liberarse de la carga mecánica y documental de bajo valor añadido, el letrado puede concentrar su talento en lo que verdaderamente define a la profesión, la estrategia procesal, la negociación compleja y la toma de decisiones fundamentadas en el juicio crítico.
La abogacía de los negocios se encuentra ante un punto de inflexión decisivo. Aquellos despachos que continúen considerando la inteligencia artificial como un mero experimento individual de redacción de instrucciones aisladas verán deteriorados sus márgenes y su competitividad frente a clientes cada vez más exigentes.
Por el contrario, las organizaciones que inviertan en parametrizar su conocimiento mediante la ingeniería legal no solo consolidarán un modelo de negocio más rentable y escalable, sino que liderarán el estándar de rigor y excelencia técnica de la profesión durante las próximas décadas.
4. Biografía
[1] Susskind, R. (2019). Online Courts and the Future of Justice. Oxford University Press.
[2] Henderson, W. D. (2018). Legal Market Landscape Report. State Bar of California.
[3] Katz, D. M., Bommarito, M. J., Gao, S., & Arredondo, P. (2024). GPT-4 passes the Bar Exam. Philosophical Transactions of the Royal Society A, 382(2270), 20230254.
[4] Katz, D. M., Dolin, R., & Bommarito, M. (Eds.). (2021). Legal Informatics. Cambridge University Press.
[5] IE University. (2026, 13 de julio). IE University and Banco Santander Train Young Talent from Around the World in Innovation, Entrepreneurship, and Artificial Intelligence. IE News & Events. (https://www.ie.edu/university/news-events/news/ie-university-banco-santander-train-young-talent-around-world-innovation-entrepreneurship-artificial-intelligence/)
[6] Lewis, P., Perez, E., Piktus, A., Petroni, F., Karpukhin, V., Goyal, N., Küttler, H., Lewis, M., Yih, W., Rocktäschel, T., Riedel, S., & Kiela, D. (2020). Retrieval-Augmented Generation for Knowledge-Intensive NLP Tasks. Advances in Neural Information Processing Systems (NeurIPS), 33, 9459-9474.
[7] Katz, D. M., Dolin, R., & Bommarito, M. (Eds.). (2021). Legal Informatics (Capítulo 4: Data Standards and Structured Legal Information). Cambridge University Press.
[8] Christensen, C. M., Wang, D., & van Bever, D. (2013). Consulting on the Cusp of Disruption. Harvard Business Review, 91(10), 106-114.
[9] Ribstein, L. E. (2010). The Death of Big Law. Wisconsin Law Review, 2010(3), 749-815.
[10] European Commission. (2019). Ethics Guidelines for Trustworthy AI. High-Level Expert Group on Artificial Intelligence.